Steve McQueen: pasión por Porsche y la competición

15 abril, 2021
GERARDO ROMERO-REQUEJO M.
La pasión por la competición

El famoso actor y estrella absoluta de Hollywood Steve McQueen, era un auténtico entusiasta de todo lo que llevase un motor y se pudiera conducir, especialmente enamorado del motocross y los deportivos con el sello de Stuttgart, los Porsche.

Las estrellas de Hollywood y los automóviles deportivos suelen ir de la mano, pero se cuentan con los dedos de una mano aquellos que realmente fueron más allá en su afición por el motor y llegaron a pasar de ser meros espectadores a participar en competiciones deportivas. El primer nombre que se nos viene a la mente es el del malogrado James Dean, que falleció en un accidente trasladando su «Little bastard» (Porsche 550 Spyder) hacia una carrera, pasando por Paul Newman, Gene Hackman y más recientemente el de Patrick Dempsey, grandes aficionados al mundo del automovilismo deportivo que decidieron formar parte o crear equipos de competición, llegando incluso a participar alguno (Paul Newman) en las 24 Horas de Le Mans. Pero sin duda, el actor que más intensamente vivió su relación con la marca de Stuttgart fue Steve McQueen, piloto privado y enamorado de los Porsche.

Inicios difíciles, pero apasionados

La adolescencia de Steve McQueen fue difícil, huyendo de la pobreza en Missouri e Indiana, donde con todavía 14 años estaba en un hogar para jóvenes delincuentes. Cuando cumplió 17 años se alistó en los Marines como conductor de tanques y a los 22, realizó con éxito una audición para la escuela de teatro por excelencia en los años 50, la famosa Actors Studio en Nueva York. Eran tiempos difíciles donde para llegar a final de mes tenía que trabajar como friegaplatos y conductor de camiones, además de competir con una Harley-Davidson por un premio de 100 dólares, una cantidad respetable en esos tiempos.

A finales de los años 50, sus ingresos fueron suficientes para comprar su primer coche nuevo, fijando la vista en un precioso Porsche 356 A Speedster negro con motor de 75 CV y capacidad para poder competir en carreras privadas. De hecho, en 1959 corrió 9 carreras del Sports Car Club of America en California, ganando en mayo la primera carrera oficial en Santa Bárbara en la categoría de noveles. «Me enganché. Las carreras me dieron una nueva identidad», reconoció McQueen más tarde, «y era importante para mí tener esa identidad independiente».

Antes de que acabase el verano de 1959, McQueen cambió el Speedster por un Porsche 356 A Carrera, de mayor potencia. Más adelante, correría por primera vez con un coche de competición puro, un Lotus Eleven. En 20 años compró y coleccionó motos (de sobra es conocida su pasión por las Triumph con las que también competía en motocross), coches deportivos y de carreras e incluso aviones. «Estaba loco por la velocidad y las máquinas», decía Neile Adams, su primera esposa.

El mismo actor consideraba a «sus juguetes» como una vía de escape a otro mundo, «solo puedo relajarme cuando estoy corriendo. Me relajo a altas velocidades», declaraba en una entrevista. «Tenía que adelantarte, era su personalidad», recuerda Clifford Coleman, su asistente de dirección durante muchos años, también corredor de motos. «Por eso tuvo tanto éxito. Tenía que ganar».

Su persistencia llegó incluso a la hora de convencer a su compañero de carreras Bruce Meyer, comprador de su primer Porsche 356 A Speedster con las especiales llantas de tuerca central, de que se lo volviera a vender, persiguiéndole durante meses hasta que cedió. McQueen se lo quedó para el resto de su vida, permaneciendo en el garaje de su hijo Chad McQueen.

«Especialista» de sí mismo

McQueen tenía una especial relación con la velocidad incluso en las películas, las cuales hacía imponiendo sus preferencias. Incluía coches y motos en el argumento siempre que era posible. Prueba de ello fue la huida en moto en La Gran Evasión o el paseo desenfrenado por la playa con Faye Dunaway en un Buggy en la película «El caso Thomas Crown». Más recordada es la mítica secuencia de la persecución en Bullitt, donde insistió en conducir él mismo el Mustang del protagonista en lugar de un especialista, con el consecuente dolor de cabeza del productor, que veía las pérdidas millonarias de la producción si hubiese resultado herido.

La exitosa carrera cinematográfica de Steve McQueen estaba intercalada por la participación en carreras de motocross, normalmente sin que el gran público lo percibiese, ya que disfrutaba del anonimato de llevar el casco y las gafas protectoras, participando en diversas competiciones con el seudónimo de Harvey Mushman. Coleman recuerda su inconfundible estilo de conducción: «Era fuerte y rápido». «Eso era evidente en la forma muy agresiva en que conducía una motocicleta».

Sin embargo, su participación en las carreras sobre cuatro ruedas atrajeron las miradas mucho más, ya que ocasionalmente compartía el volante con reconocidos pilotos como Pedro Rodríguez, Innes Ireland o Stirling Moss, con los que le gustaba medirse como recordaba su hijo Chad.

Sebring, un reto físico y un compromiso personal

McQueen competía y se preparaba a conciencia siempre que sus obligaciones cinematográficas se lo permitían, con gran preocupación de productoras y aseguradoras. Dos semanas antes de las 12 Horas de Sebring, se había roto el pie izquierdo por 6 partes en la carrera de motocross de Lake Elsinore, pero eso no le echo para atrás en su asistencia a la carrera.

Llegar a Sebring con muletas y escayola solo significaba fuerza de voluntad y compromiso máximo. «Había dado mi palabra». Así lo comentaba Steve McQueen a los periodistas deportivos antes de su participación y también la adaptación del coche a su accidentado pie: «Tuvimos que acortar el pedal izquierdo del coche y pegar lija en la suela de mi zapato para poder pisar el embrague», dando muestra una vez más de su audacia infinita.

Así era McQueen, un tipo auténtico que desafiaba constantemente los límites y rompía las reglas, tanto en la ficción como en la vida real. Como contaba su hijo Chad y él mismo reconocía («Siempre voy apresurado»), «Le encantaban las carreras. Era su droga».

Tanto Steve McQueen como su compañero de equipo (privado), Peter Revson, lograron una verdadera hazaña en la clásica carrera de resistencia de Florida. Lo hacían con un Porsche 908/02 Spyder KH (Kurzheck o cola corta), con el que venían de ganar en Holtville y Phoenix. Apodado «Flounder» (platija), de tres litros y 350 CV, potencia muy por debajo que sus rivales de categoría superior, con motor de cinco litros y cerca de 600 CV. McQueen y Revson fueron capaces de ir en cabeza en la última fase de la carrera, siendo superados únicamente por un Ferrari conducido por el experto corredor de Fórmula 1 Mario Andretti. Sin embargo, la diferencia en la meta solo fue de 23 segundos, muy poco para una carrera de resistencia con 12 horas con el pedal del acelerador pisado a fondo.

El éxito se basó en la constancia y la estrategia del equipo, que no cambió neumáticos ni pastillas de freno en toda la carrera, a pesar de su dureza, ayudados también por los muchos abandonos de sus competidores. La mejor clasificación del equipo oficial Porsche (alineaba 7 coches, incluyendo cuatro 917 KH), fue el del coche con Leo Kinnunen, Pedro Rodríguez y Jo Siffert, llegando cuartos tras una larga parada en boxes.

Reconocimiento de Ferry Porsche

Aunque en la naturaleza competitiva de Steve McQueen odiaba ser segundo, incluso para él, ese resultado fue como una victoria, como así se lo pareció al mismísimo Ferry Porsche. «Estimado Sr. McQueen», es un gran placer extenderle mis calurosas felicitaciones por su destacada actuación en las 12 Horas de Sebring«. Así comenzaba la felicitación de Ferry Porsche dirigida a Steve McQueen por carta vía aérea desde Zuffenhausen, fechada en marzo de 1970.

«Su resultado ha hecho que nos mantengamos en cabeza del Campeonato Internacional de Marcas y por ello le doy las gracias», señalaba Ferry Porsche, el cual escribió que había «seguido la carrera desde su casa con una gran atención». «Puede imaginarse cuánto me satisface que logre un resultado tan brillante con un coche de nuestra marca», concluía en su carta. Steve McQueen tenía entonces 40 años y compartía en ese momento el ser una superestrella de Hollywood con la gloria de ser un más que respetado piloto de carreras. Diez años más tarde, el 7 de noviembre de 1980, fallecía por un cáncer de pulmón a la temprana edad de cincuenta años.

Le Mans, el proyecto

Las 24 Horas de Le Mans era la competición definitiva para McQueen y cita ineludible en el calendario de 1970. McQueen pretendía competir junto al campeón de Fórmula 1 Jackie Stewart en un Porsche 917, pero no pudo ser, ya que el coste de asegurar al actor le hubiera ocasionado multitud de problemas contractuales en Hollywood.

McQueen tuvo que dar un paso atrás, probablemente el más importante en su vida, limitándose a preparar su película «Le Mans», auténtica obra de culto entre los aficionados al automovilismo y que le costó casi la ruina económica y su matrimonio con Neile Adams. Para rodar las escenas en la pista empleó el Porsche 908/02 de Sebring como coche cámara. Al volante, Herbert Linge y Jonathan Williams rodaron escenas auténticas desde la propia carrera, logrando un respetable noveno puesto, pero fueron descalificados por una controvertida violación de las reglas de la carrera, que sin embargo fue ganada por Hans Herrmann y Richard Attwood con su Porsche 917 rojo y blanco.

Poco después, Steve McQueen empezó a rodar las escenas. Había soñado durante mucho tiempo con hacer la película definitiva sobre las carreras. Le Mans era su proyecto favorito. La película estuvo al borde del colapso varias veces, casi lo arruinó y, finalmente, puso fin a su matrimonio con Neile Adams.

McQueen tenía una visión diferente al de su primer director, John Sturges, que veía una historia de amor con el telón de fondo de la mítica carrera, pero para el actor la carrera en sí era la historia de amor, así que le reemplazó por Lee H. Katzin. No había un guión coherente y los diálogos eran limitados, así que Le Mans solo alcanzaría su estatus de culto muchos años después de su estreno en 1971.

Para las escenas de acción en el circuito, McQueen trajo a los mejores profesionales de Le Mans, incluyendo a Derek Bell, que luego ganaría la prueba en 5 ocasiones y que recuerda la entrada en la pista de McQueen con un rugiente Porsche 917K decorado en azul y naranja. «La pasión de Steve por la velocidad era obvia: siempre quería ir a fondo». La película fue “casi una ocurrencia tardía” para McQueen, recuerda Bell. “Probablemente por eso nos llevábamos todos tan bien”. Richard Attwood, ganador en 1970, lo dejó claro: «Quería ser uno de nosotros. Y fue uno de nosotros».

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