Carlos Ghosn, máximo patrón de Renault y de la alianza Renault/Nissan, se manifestó recientemente en el Salón de París acerca de las consecuencias que hubiera tenido una hipotética secesión de Escocia del Reino Unido, en vísperas de su referéndum de autodeterminación. Ghosn se evadió en parte afirmando que se trataba “de un tema político que deben resolver los políticos”.
Pero también se mojó al añadir que “estas cosas, y el caso de Cataluña es el mismo, crean incertidumbre, y eso no gusta a la industria”. Las fábricas de Renault en España están fuera de Cataluña (Valladolid, Palencia y Sevilla), pero en la zona franca del puerto de Barcelona está la planta de Nissan (su socio en la Alianza), donde ya se avisa de que una hipotética independencia conllevaría el traslado de la sede a Madrid. Es el mismo caso de Seat, que ya se llevó a Madrid sus departamentos de comunicación y ventas, y que podría volver a trasladar también la dirección y presidencia, máxime cuando Martorell es una planta más del grupo Volkswagen que por su calidad puede producir igualmente coches para Audi o para VW. También desde su sede de Wolfsburg (Alemania) recelan del proceso soberanista en que se ha embarcado el gobierno de CiU/ERC (como ya avisaron el año pasado de que si ocurriera se llevarían la sede del Grupo Volkswagen a Madrid), y que la industria automovilística esté dispuesta a hacer las maletas puede tener muy malas consecuencias para una hipotética Cataluña independiente pero empobrecida, con una emigración empresarial –y laboral cualificada- a la desbandada, sin respaldo europeo, sin euro y sin poder hacer frente al pago de sus servicios básicos, pensiones incluidas. Algo que debería mover a reflexión a sus dirigentes nacionalistas, al igual que ha pasado en Escocia.
