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Lujo y pasión esperan a los pilotos en Monte Carlo.

13 mayo, 2010

El Gran Premio de Mónaco de F1, a celebrarse en el Circuito de Monte Carlo, es sin lugar a dudas, el más esperado del año, el más difícil para los pilotos y el más glamoroso de todos los que se celebran a lo largo de la temporada. Es un icono para cualquier piloto, escudería y aficionado que se precie. Se podría definir como el circuito más anacrónico (por su antigüedad y mínima seguridad) y más glorioso (porque ganar aquí siempre se recuerda) que existe. Para los pilotos, es un desafío por la dificultad, y un aliciente porque prima más la pericia del piloto que el propio monoplaza. Ganar aquí supone ocupar lugar destacado en la tradicional Cena de Campeones, ocupando mesa, cubierto y mantel con el Príncipe Alberto de Mónaco, y ganar aquí supone obtener la gloria del automovilismo. Es el único Gran Premio de la temporada en el que los pilotos preparan más que la carrera, la calificación del sábado. Y ello porque el adelantamiento en carrera es, sencillamente, imposible. Este año, este circuito ha sufrido un reasfaltado que ha conseguido eliminar las zonas bacheadas. Es el circuito urbano por antonomasia, al que se han unido en los últimos años el de Valencia y Singapur. Y los que vendrán, como el de Nueva York, por ejemplo. Nos encontramos ante el circuito más lento y corto del Mundial, lo que complica las cosas a los pilotos, sobre todo en la calificación, por el tráfico que habrá este año con 24 pilotos en liza. La Q1 va a ser un poco caótica. Habrá tortas por salir el primero desde el Pit Lane. La sensación de conducir aquí, es única. Yo mismo pude comprobarlo en el verano de 2005 cuando, de camino a Italia, paré en Mónaco y me di dos vueltas por su trazado, en agosto.

El entorno, impecable: ni una colilla en el suelo, ni un papel tirado, ni tráfico en las calles, con guardias (ellas y ellos) perfectamente uniformados con una planta formada por pantalón azul oscuro, dos rayas laterales y verticales rojas, camisa blanca sin una arruga, y gorra de plato, firmes como velas. Y en lo alto, el Palacio de los Grimaldi, majestuoso, guardián del circuito. Conducir por este trazado pone los pelos de punta. Al pasar por el Club Náutico –donde es la salida- te preguntas cómo pueden caber ahí todos los motor-home, y boxes, y camiones, y demás, en un espacio realmente pequeño, tan reducido. Después, la pasada por el Casino, lleno de cochazos en la puerta, aunque fuesen las once de la mañana. La bajada hacia la curva de Loewe, de 180º, es espectacular, impresionante. Puedo decir que mientras que los monoplazas la toman a 45 km/h en 1ª velocidad, yo la tomé en 2ª a 30 Km/h (eso sí, por mi carril, porque en realidad es una vía de dos direcciones), y casi vuelco. Y después, bajada para girar a derechas y tomar el mítico túnel Marlboro, que aunque esté iluminado la sensación de ceguera a la salida con el sol es tremenda, y eso que íbamos despacio. Imagínense lo que sentirán los pilotos al pasar con los monoplazas en el tramo más rápido del circuito y pasar de oscuras a sol en milésimas, a toda bala. En fin, un recuerdo inolvidable que mi copiloto se encargó de grabar en video para no olvidarlo. Pues después de vivir esa experiencia, que haya coches que pasen a más de 200 km/h en varios de sus tramos, tan cerca de los guardarraíles, en calzada estrecha, tiene que ser tremendo.

Este año la carrera tiene el aliciente, además, de que dos únicos pilotos pueden pasar a la Historia si ganan, pues se convertirán en el primer y único piloto en ganar en Mónaco con tres escuderías distintas. Los privilegiados son: Michael Schumacher (ganador con Benetton y Ferrari en 2001) y Fernando Alonso (ganador con Renault en 2006 y con McLaren en 2007). Y no olvidemos al piloto que más veces ganó aquí, Ayrton Senna, ganador en 6 ocasiones.

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